Fundamento de Refugee Care

El grupo de Refugee Care nace para prestar ayuda a quienes llegan a las playas de Lesbos huyendo de conflictos armados y de la persecución política y económica. Lesbos es solo un lugar de paso en las rutas que configuran el mayor éxodo producido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, un peligroso punto en el camino cuyas costas, a pocos kilómetros de Turquía se han convertido en un cementerio anónimo. El proyecto europeo flota ahora mismo en el Egeo en forma de chaleco.

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La nuestra es una pequeña ayuda complementaria de muchas otras, que poco a poco van tejiendo a lo largo de esas rutas de la vergüenza, una red descentralizada y global de solidaridad que necesariamente ha de emerger cuando las instituciones fracasan o, por omisión, se convierten en cómplices de quien dispara y extorsiona a los seres humanos.

Es indecente que todo este sufrimiento humano sea reducido por la agenda mediática a un contenido más en los telediarios. Es perverso que solo quepa en la agenda política de las democracias occidentales como un instrumento de miedo que criminaliza a sus víctimas.

Demasiadas veces, la solidaridad se convierte en parche de una realidad pretendidamente inalterable y desde Refugee Care no podríamos promover y apoyar todas las acciones que tratan de paliar la situación de quienes buscan refugio sin denunciar este crimen por omisión de socorro organizado globalmente:

Millones de personas transitan la tierra intentando esquivar la muerte. La sensibilidad y el sentimiento de justicia social nos llevan a muchos a reconocer el derecho natural de cualquier ser humano a elegir desplazarse para mejorar sus condiciones de vida o, sencillamente, seguir viviendo y no reconocemos un derecho mayor al refugiado que al migrante, aunque podamos admitir un tratamiento diferente, justificado por la urgencia. Pero hablar de Refugiados para referirse a seres humanos a los que los estados no están dando refugio, está provocando que se asocie la figura jurídica del refugiado a la ya denostada condición del migrante.

Las fronteras no conforman espacios de seguridad jurídica ni física: son un peligro más a combatir o esquivar por quienes merecen ser protegidos por el derecho de asilo. Una afilada línea de concertinas y patrullas costeras que solo divide a los pueblos pero en la que se difuminan hasta parecer uno solo los conceptos de Estado y de mafia.

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Uno de los éxitos del control social moderno es una democracia cuyos ciudadanos asumen como algo natural la imposibilidad de influir en la política exterior de sus países, que junto a la supranacionalidad del capital genera un espacio de criminalidad global organizada. En este escenario, ya de sobra conocido, se diluye la identidad del responsable: es el crimen perfecto.

Mientras cruzamos los dedos para que las condiciones del mar, el frío del invierno o los miles de kilómetros que esperan por delante a los cientos de miles de perseguidos; mientras vamos dando pasos cortos dirigidos hacia la utopía de terminar con las relaciones de violencia, cuya máxima expresión es la guerra y mientras miles de personas ponen en marcha su solidaridad constructiva para suplir a instituciones que lastran el progreso social, hacemos una llamada a exigir que simplemente se ponga en marcha la aplicación de medidas razonables para facilitar y hacer efectivo el procedimiento de legalización de perseguidos económicos y de petición de asilo de perseguidos políticos. Es demencial que todo el peligro al que se enfrentan se produzca por culpa de una legislación que les deja en manos de las mafias y que se destinen más recursos policiales a combatir los movimientos migratorios que la extorsión.

Mientras miles de personas ponen en marcha su solidaridad constructiva para seguir sustituyendo a estados incapaces de garantizar la seguridad y la vida, sugerimos esos estados que cumplan con el Derecho Internacional y permitan que las peticiones de asilo se inicien en las embajadas y consulados establecidos en los países de origen de las rutas de perseguidos, para garantizar la seguridad del viaje. Es una medida sencilla.

No responde a ninguna lógica jurídica admitir que haya una ilegalidad como parte necesaria de un proceso de regularización legal. Nos importan poco las contradicciones legales y que el concepto de Estado se debilite porque confiamos en la gente, pero no podemos confiar en el futuro arrastrando la vergüenza de que no se haya hecho todo lo posible por evitar una sola muerte y la extorsión continuada de estas rutas de humillación de los seres humanos.

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